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Cuando la caridad no empieza por casa

05.04.2013 00:02

A veces los gestos de solidaridad nos hacen enmudecer. Alguien ha dicho que cuando las peores catástrofes suceden es debido a que indudablemente algo debemos aprender todavía y es en esos momentos cuando la humanidad de las personas aflora en su máxima expresión. Aún creemos en la gente, creemos en la fuerza de sus voluntades, en la unión de las manos para ayudar y en la increíble fortaleza de la que somos capaces ante las catástrofes más devastadoras. Quizás sea ese componente de vulnerabilidad, humildad y solidaridad el que nos esté salvando, el que esté conservando nuestro corazón y manteniéndonos en pie ante las injusticias.

Otras veces, las expresiones de soberbia, de falta de criterio, de prioridades invertidas y de imperdonable actitud también nos dejan sin palabras.

Algo como esto último, en el medio de tantas noticias desalentadoras, es lo que hoy ha ocurrido.

De manera subrepticia, sin aviso fehaciente a sus encargadas, en forma violenta, se ha cerrado el comedor de la Parroquia Santa Rita de Posadas, en donde diariamente se brindaba comida a más de doscientas almas, entre niños, ancianos y mujeres de condición muy humilde. Y se lo ha hecho de la peor manera, pues con ese gesto tan simbólico se ha tratado a las cocineras y a sus comensales de casi delincuentes: colocando un rosario de candados a su puerta para evitar el ingreso de cualquiera incluso de ellos, claro está. Y todo habría sido una decisión tomada por el propio cura párroco de la Iglesia, la casa de Dios, la casa de todos, pero fundamentalmente de los desamparados, los pobres, los miserables y los indigentes, aquellos que poco o nada tienen o que lo han perdido casi todo excepto quizás la dignidad.

La noticia nos lleva a uno de los primeros discursos del nuevo Pontífice de la Iglesia Católica Apostólica Romana, al cual la susodicha parroquia pertenece: “Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio”, que debemos “abrir los brazos para custodiar a todo el pueblo de Dios y acoger con ternura y afecto a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños”.

Al final del día la cosa parece haberse solucionado, merced seguramente a la ayuda profesional y desinteresada de almas grandes, denuncias, cartas documento y probablemente una acción de amparo de por medio, es decir, no sin antes pasar por una serie de medidas que ante lo que representa una institución como la Iglesia Católica no debería haber sucedido.

Uno más de los tantos ejemplos en la sociedad del “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago” y de que efectivamente en más de una ocasión la caridad no empieza por casa.