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El Papa de la esperanza

14.03.2013 03:07

No pensé vivir para escuchar clamar el nombre de un argentino en lo más alto de la Iglesia de Cristo en la Tierra. Sorpresa, incredulidad, conmoción, emoción hasta las lágrimas fueron las primeras reacciones ante semejante acontecimiento histórico para el mundo y para el país todo.
A partir de allí empezarían a multiplicarse las voces a favor y también las difamaciones, las habladurías, las críticas baratas desprovistas de fundamentos y repletas de un profundo odio ideológico, sin respetar el sentir de la mayor parte de un pueblo que se considera y siente católico.
No alcanzo a comprender las raíces del odio. Interpreto que forman parte de un resentimiento muy arraigado en el corazón de algunas personas, que las ciega hasta volver sus mentes completamente disociadas de la realidad, de lo que es y de lo que piensan. Lo que piensan es la verdad y lo que es forma parte del terreno de lo hipotético y conjetural. Lo que piensan, es decir sus ideas, se convierten en la verdad más pura y el fanatismo por ella se muda casi definitivamente a sus almas.
Jorge Mario Bergoglio es ante todo una persona, como usted o como yo, un ser humano falible, tocado por el error, la equivocación, el pecado y el arrepentimiento. No es Dios, no es un santo, no cuenta con el monopolio de la verdad ni mucho menos es perfecto. Pero hasta donde sé no ha matado a nadie. Probablemente haya intentado durante buena parte de su vida ser fiel a los mandamientos de Dios.
En cambio, hay personas que sí han matado, han asesinado a otros, han levantado la mano injustamente contra su prójimo, y lo que es imperdonable (aunque Dios se encargará de juzgarlos) es que lo hayan hecho bajo la fachada de un fin patriótico o de la única vía de salvación de un país sumido en el caos, la confusión y el descontrol. Y sin embargo, las que fueron víctimas de sus tan e igual atroces crímenes como los cometidos por los militares no han sido objeto de ningún reconocimiento, ni por la sociedad ni por el Estado, como si la dignidad humana fuera reservada a cierta categoría de personas. Ellos también secuestraron, torturaron, atormentaron y asesinaron sin piedad, y eso no los hace cómplices de nada, sino verdaderos protagonistas homicidas de una historia de sangre y muerte que jamás debería repetirse. Pero para eso la memoria debe ser completa, debe ser íntegra, debe recordar lo sucedido desde todos los flancos. Haber sido víctima de la violencia, desde el punto de vista moral, no admite ninguna diferenciación de bandos ni gradaciones ni jerarquías. La muerte injusta –a manos de otros- nunca dejará de serlo, haya sido cometida por quien sea.
Entonces ¿por qué tenemos que soportar los cristianos de buena fe que defenestren la figura de un Papa argentino, un acontecimiento histórico sin igual y sin precedentes, por supuestas y malintencionadas habladurías de actuación en la dictadura? Cuando todos los que vivimos parte de esa época, o según lo relataron nuestros padres, bien sabemos que la Argentina era un hervidero, un caldero a punto de explotar; que cada uno cuidaba su pellejo porque nadie sabía a ciencia cierta lo que verdaderamente ocurría y las sospechas se cernían hasta sobre los miembros de nuestras propias familias. 
Quienes no compartan la fe católica, quienes descrean de la capacidad del nuevo Papa o simplemente quienes critican careciendo de pruebas fehacientes o juzgan su actuación hace cuarenta años, respeten por favor la postura de la mayor parte de los latinoamericanos porque hasta pena me da que en otros países del continente se respete más su investidura que en nuestro suelo.
Antes de difamar, antes de atribuir culpas sin ninguna certeza, sepan que quien fuera el Cardenal Bergoglio salió de una humilde cuna de clase trabajadora y se entregó a los designios de Dios desde muy joven. El ha llamado a construir una Iglesia de puertas abiertas, está a favor de los pobres, de los niños, de los ancianos, del trabajo digno, de las madres solteras a quienes ha llamado valientes y luchadoras, no se ha congraciado con ningún gobierno de turno más allá de sus detractores que luchan por involucrarlo dentro de algún color partidario, sin éxito.
Estuvo al lado de los pobres, su actividad pastoral fue intensa. Nunca hizo ostentación de sus cargos ni de los privilegios que por tenerlos podía gozar tranquilamente, al contrario, hizo de la humildad y la austeridad una de sus banderas, viajando en subte por ejemplo cuando ya era Cardenal. Salvó y ayudó a personas durante la dictadura e hizo todo lo que pudo en esos años nefastos incluso llegando a sacar gente del país, preparando documentación en el mismo colegio que dirigía esos años, y esto es algo que casi nadie menciona, con total injusticia; ha demostrado amar a su prójimo más que a sí mismo arriesgando su propia vida para salvar la de otros. Ha salido a dar la bendición sin ningún oropel, con una sencilla cruz –que se dice es la que siempre llevaba- y ha elegido el nombre de Francisco lo que resulta significativo. Le gusta estar entre la gente y junto a ella. Ha estado muy cerca de los familiares de las víctimas de Cromagnon y ellos se lo agradecen infinitamente. No le gustan los “títulos”. Es un hombre de convicciones, y de carácter fuerte eso sí, ¿será tal vez lo que molesta a algunos? ¿Nada de lo anterior cuenta como positivo? Confío en que renovará la Iglesia y depurará la curia romana como nadie antes lo hizo en toda la historia del Vaticano.
Su serenidad y paz me animan a afirmar que será el Papa de la esperanza, porque hoy más que nunca esperanza y fe es lo que necesitamos urgentemente los seres humanos en un mundo devastado, carente de valores, atestado de violencias intestinas y de luchas por el poder –más dentro de la Iglesia-, cegado por el dinero como único fin y medio del hombre, deteriorado, empobrecido y diezmado. Debemos darle el crédito necesario y esperar. Mientras tanto, restemos trascendencia a algunas palabras, porque el poder de ellas puede usarse para el bien o para el mal y la lengua también, y cuánto daño pueden causar. Lo cierto es que a partir de ahora se inicia un nuevo capítulo en la historia de la humanidad, que sea para bien. El mundo lo agradecerá.