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Incredulidad y esperanza

19.03.2013 22:29

Todavía permanece incrédulo frente al televisor. Nada mejor que un poco de zapping para confirmar que otros canales digan lo mismo, eso que tantas veces se viene escuchando. Ahí está él, firme y sereno, con su mirada sincera y su voz tan criolla. Hace unas señas, levanta el pulgar en señal de aprobación, bendice a unos niños, se baja del vehículo, toca y besa a un enfermo, gesticula y sonríe. Y sonríe y vuelve a sonreír. Contra todo pronóstico no cuenta con ninguna seguridad en ese móvil, solo la guardia, pero va tranquilo, su rostro lo dice todo. Sube al auto y continúa su camino. Ese camino que lo conduce a asumir la tarea más difícil de su vida, apacentar las ovejas, unificar la Iglesia.

En su homilía habla del respeto que merecen todas las criaturas y el entorno de la Tierra, menciona a los frágiles y a los débiles, los que siempre por una u otra cosa habitan en la periferia del corazón. No olvida la envidia, el odio y la soberbia, ni tampoco de exhortar a todos, a la clase dirigente en particular, a trabajar más en pos de la custodia de los bienes divinos, de la creación toda, empezando por el corazón de donde salen tantos malos y buenos sentimientos. Ser vigilantes alertas de nuestro corazón. No debe sentirse miedo de la bondad ni de la ternura. Palabras simples, hechos complejos. Vocablos fáciles, obras casi imposibles. Parece tan sencillo. Sin embargo el mundo se ve cada día más injusto.

No entiende por qué pero de repente lo invade una divina sensación, un sentimiento tan sobrenatural que lo traspasa. Se siente bondadoso. En lo profundo del corazón intuye que no hay más rencor, ni resentimiento ni recelo alguno. Verlo a ese hombre lo convierte, lo llena de esperanza y lo renueva. No comprende, hay tantas personas en el mundo necesitadas de justicia, otras que claman por ella mas no la viven en su vida cotidiana. ¿Por qué sentirse tan movilizado? ¿Por qué creer que este sí dice la verdad, que este sí ha experimentado la maravillosa caridad en carne propia?

Reflexiona, ha leído tanto últimamente. Algunas campanas no han sonado bien, sin embargo elige quedarse con la dulce melodía de realidades incontestables, al fin y al cabo son los hechos los que importan. Recuerda a los cartoneros, a los presos, a los curas villeros, a los sacerdotes perseguidos y salvados, a las mujeres ayudadas y revalorizadas, a la familia que necesitaba una casa, a la ex juez cuya única forma de ver a su hijo era a través de él… y guarda esas obras en su memoria. Ve a un hombre poderoso, el más poderoso de la Iglesia actual. No obstante no hay soberbia, no hay privilegios, no advierte ostentaciones ni excesos. Ignora si lo que observa es real, por eso, es mejor mantenerse cauto.

Se resiste a tener fe, se ha vuelto tan escéptico, la esperanza le es un bien ajeno y lejano; -esto es solo una fachada- se dice, -mañana cambiará-. Pasan los días y todo sigue igual o aún mejor, más humildad, más poder y más servicio, más privilegios pero más entrega, más reverencias pero más desprendimiento, y entonces es cuando comienza a creer con absoluta convicción que el Espíritu Santo no pudo haber orientado esas noventa elecciones (o más) de otra manera y que el pescador de hombres esta vez, parece, tendrá una buena jornada, pese a no tener en su barca ni oro ni espada.

“Por sus obras los conoceréis” dijo Jesús. Y esas obras, las que ha visto, las que tantos han testimoniado, lo conforman y pacifican, lo inundan de esperanza. Ve al profeta. El poder al servicio de los pobres, por fin, ante tanta riqueza y despilfarro, ante tanta desigualdad e inequidad. Hay un tiempo para creer y parece ser éste.