Hace unas dos semanas, antes de que comiencen las clases, en diálogo con la señora que cuida a mis hijas le pregunté a qué escuela iban a concurrir sus hijos ahora que se iniciaba el ciclo lectivo, diálogos frecuentes sobre temas triviales de esta época. Ella en franca actitud me contestó: -Señora mis hijos más chicos sí irán, a una escuela cerca de casa pero la mayor no comenzará el secundario porque no tengo dinero para enviarla, necesita uniforme, zapatos, útiles, la verdad a mí no me alcanza-. Ante esa respuesta me quedé pensando un largo rato, y al día siguiente le manifesté que era necesario que mandara a su hija a la escuela, o acaso ¿qué iba a hacer una niña de trece años todo el día? ociosa, con su madre trabajando afuera, sin más ocupación que unas pocas labores domésticas hechas con desgano y la TV, el celular o internet por máxima compañía. -No te preocupes- le dije en tono sereno, -me encargaré de comprar lo que necesita para que asista al colegio-. Esa misma tarde regresó comentándome sobre el tema. Cuál no sería mi sorpresa cuando me relató que para inscribirla le cobraban la suma de ciento quince pesos. Jamás había escuchado cosa similar, y eso que concurrí a escuela pública tanto en la primaria como en la secundaria. Debe ser que estoy tan alejada de estos menesteres.
Recuerdo que cuando íbamos a la escuela se pagaba una pequeña cuota mensual o trimestral a la cooperadora escolar, gestionada y administrada por los padres, pero jamás en la primaria ni tampoco en la secundaria nos exigieron una suma de dinero como requisito para acceder a la inscripción.
Me pregunto ¿qué ha pasado con la educación pública y gratuita? Realmente no entiendo qué hacen con ese dinero, no me explico a qué será destinado ni quién se encargará de administrarlo pues bien que cuando asistes a un colegio público y en barrios alejados del centro no es posible en muchos casos encontrar un solo baño limpio, y el personal que se encarga de esa tarea a veces brilla por su ausencia, ¿quién los controla y a quién rinden cuentas?
Rememoro y añoro, no hace demasiada cantidad de años, la escuela pública de mi niñez. Ni hablar de aquella que relatan mis padres y tíos, y de la que entusiastamente tantas veces hablaron mis abuelos, pues provengo de una familia de educadores al 100%. Ya la educación, en los años que me tocó formar parte de ella, estaba ingresando en un proceso de decadencia importante, con nuevos planes, sobrevino la reforma con esa ley tan cuestionada e importada de España (que en aquél país nunca había funcionado), posteriormente se retornó al sistema de educación de primaria y secundaria abandonando la polémica ley, y acá estamos… Pero precisamente, la escuela estatal pública y gratuita era eso GRATUITA. Ya no estoy tan segura de que lo sea hoy.
No solo era gratuita, era verdaderamente universal. Hace unos treinta años atrás, todos, pero todos, cualquiera de nosotros concurría a la escuela pública; allí, en ese entorno, nos entremezclábamos hijos de profesionales, docentes, empleados, amas de casa, era una heterogeneidad increíble, todos de guardapolvo blanco lo que denotaba la igualdad entre pares. Eso fue hasta hace muy poco tiempo pues treinta años no son nada en la historia.
Sin embargo en la actualidad nos preocupa cuál será la escuela a la que asistirán nuestros hijos y no pocas veces preferimos y optamos por la educación privada por miedo a lo que nos comentan sobre la escuela pública. Sea la enseñanza, sea la limpieza, sean los maestros, sea la “clase de gente” que concurre allí.
¿De qué estamos hablando? ¿No es acaso este el siglo de la igualdad, de la no discriminación, de la consagración de los derechos para todos sin diferenciación alguna? ¿Y pregonando esos valores nos permitimos elegir la educación privada por miedo a la clase de personas con la que socializarán nuestros pequeños?
Este no es el siglo ni la década de nada. No hemos aprendido nada de nada. No nos hemos convertido en mejores personas ni hemos contribuido a construir una sociedad más justa y más equitativa por poner en un montón de leyes una larga lista de derechos para los olvidados, los diferentes, los desplazados, los pobres y los marginados, pues en nuestra vida cotidiana borramos con el codo lo escrito con la mano y no practicamos casi en absoluto nada de lo que predicamos. No al menos con nuestros propios hijos.
Cuando iba a la escuela no había matrimonio igualitario, no había identidad de género, no existían los derechos de los consumidores, ni los llamados derechos humanos, ni los derechos de los niños, no se había reformado la Constitución (esto sucedió recién en 1994 cuando cursaba la universidad), por ende no estaban en ella ni el Pacto de San José de Costa Rica, ni la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, ni ninguna de esas leyes que todos nos cansamos de declamar con altitud grandilocuente. Pero ¿saben? Existía algo que se llamaba respeto. Mucho más que ahora, mal que pese a algunos y me tilden de negativa. En el colegio no se daban situaciones de bullying, el máximo y más grave adjetivo con el que podíamos calificar a algún compañero era el de “mariposón”, pero a la hora de los cumpleaños y los juegos en los recreos nos integrábamos todos y no había diferencias porque sólo éramos unos niños aprendiendo a vivir y ocupándonos de eso, de ser solo niños.
Al escuchar que últimamente se cobra en ciertas escuelas para inscribir a los alumnos, refiriéndome a la escuela pública, ciertamente me espanté. Mis padres jamás pagaron un centavo por ello y solamente abonaban un dinero a la asociación cooperadora que gozaba de una transparencia sin igual y era llevada adelante por los propios padres dentro de la escuela y a modo de colaboración para arreglar aquello que el Estado no llegaba a solucionar, organizar un festival, pagar algún viaje para los alumnos, adquirir medicamentos para el botiquín, mejorar ciertos aspectos edilicios, pero nunca nadie fue obligado a hacerlo sin que por esa causa hubiera alumnos excluidos. Y hay que decir que la cuota era una suma muy módica y accesible a todos los bolsillos.
Ahora desde que comenzaron las clases leo noticias de que los padres no quieren mandar a sus hijos a la escuela por falta de aseo y peligros estructurales, que faltan los porteros o que no los tienen, que no funcionan ventiladores, que las puertas están rotas. Concurrí durante cinco años a una escuela primaria de Posadas a la que hoy asiste mi sobrina, y cómo han cambiado los tiempos, ciertamente. Primero y segundo grado los hice en una escuela de frontera en el interior de Misiones, que era un ejemplo de limpieza y orden en una zona inhóspita y olvidada. Allí aprendí a escribir y leer las primeras palabras, a sumar, a restar, a multiplicar y a dividir, compartiendo aula con niños descalzos y bocas hambrientas que se saciaban al mediodía en el comedor, con verduras y frutas cultivadas en la misma huerta de la escuela. Allí conocí lo que era comer zanahorias recién arrancadas del suelo. Siempre fui y me sentí una privilegiada porque el destino de mis padres me condujo a un mundo de experiencias maravillosas cuando fui niña. Conocí el hambre y la pobreza muy de cerca. La miseria y la exclusión. Y otra era la escuela en ese entonces.
En la actualidad la escuela pública ha perdido imagen y valor cultural, ha perdido incluso su esencia, ha perdido alumnos. No es menor el dato que un veinte por ciento de niños ha migrado a la escuela privada entre los años 2003 a 2010, por distintos motivos.
No sé qué nos podrá deparar el destino dentro de otros treinta años, con tanta igualación para abajo, tanto culto a la mediocridad, tanto apego por los facilismos y tanto desdén por la excelencia, lo que sí sé es que muchas veces me gustaría volver por unos instantes el tiempo atrás e importar al presente un par de momentos de mi niñez escolar tan amada para demostrar a las nuevas generaciones que antes sí -al menos en la infancia- éramos todos casi un poco más “iguales ante la ley” que ahora y que eso no estaba garantizado en el derecho sino en los hechos, no estaba escrito en la fría y rígida letra de la ley sino materializado en la innegable solidez de los hechos. Dudo que todo tiempo pasado haya sido mejor aunque en no pocas ocasiones como hoy la realidad actual me abrume tanto.