“La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente.” (François Mauriac).
Con esta frase casi desperté esta mañana, hace un tiempo la había leído en la web y hoy alguien tuvo que recordarla.
La vida y la muerte, las dos caras de una misma moneda... La inmortalidad es un privilegio negado a los seres humanos, a excepción de la creencia religiosa en la resurrección y la vida eterna, circunstancia que hasta el día de hoy no podría aseverar salvo por la misteriosa fuerza de la fe que impregna de esperanza nuestra existencia, mucho más cuando un ser muy querido se nos va.
Así y todo, sabiendo que nuestro paso por este mundo es tan efímera como fugaz, nos empeñamos en caminar por él como si fuéramos inmortales. Desperdiciamos días, horas, momentos y vivencias irrepetibles. Creemos que la vida y sus misterios nos pertenecen. Defendemos a rajatabla los supuestos derechos de los animales (que no los tienen pues no son personas) y a cada paso que damos atentamos un poco más contra los niños no nacidos, contra los viejos, contra los enfermos y contra todo aquello que no nos sirva, nos haga sufrir o nos quite un segundo de tiempo de disfrute de esta maravillosa existencia terrena (siempre y cuando seamos de "utilidad" por supuesto ya que lo inservible debe ser deshechado).
Tan contradictorios nos hemos vuelto que no distinguimos muy bien lo importante de lo secundario. Hicimos que prenda en el alma de algunas personas la idea de que la vida estando postrado, enfermo, conectado a complejos aparatos o lisiados por la inexorable estampida de los años no vale la pena ser mantenida.
De esa forma día a día enarbolamos campañas de donación de órganos para alargar la vida pero -en tanto- dejamos a nuestros ancianos en los geriátricos y nos cansamos de cuidar a los familiares enfermos. No tenemos tiempo para semajante afán. Solo la juventud tiene valor, lo viejo y lo inútil ahí tendrá que ir: a la basura. Disculpen ustedes pero es así, no me vengan con excusas, la mayoría de personas que conozco por distintas causas ha dejado a sus ascendientes en algún hogar. Nos estorban, digamos la verdad, no seamos cínicos. No respetamos la experiencia de los años, la ancianidad ni nuestro pasado.
Fíjense que se presentan proyectos para lograr que la fertilización asistida sea cubierta por las obras sociales pero intentamos legalizar el aborto. ¿No es acaso paradojal? Nos enrolamos en campañas para expandir conciencia acerca de la donación de órganos, de sangre y de todo material que posibilite mejorar la calidad de vida en el mundo pero despreciamos a los gravemente enfermos porque encima que no prestan utilidad encarecen el sistema, pues sí, la salud se ha convertido en un negocio y un problema. ¿Qué hubiera sido del maravilloso y desgraciado Ceratti si su familia hubiera decidido desconectarlo? Ah cierto, seguramente habríamos lanzado protestas y polemizado sobre el tema porque era Ceratti, famoso, talentoso. Pero disculpen, después de un episodio tan grave por más que despierte sería poco menos que un milagro volverlo a escuchar. Ah, pero es Ceratti. ¿Se dan cuenta que asignamos mayor valor a ciertas personas por su fama, notoriedad o popularidad? Jerarquizamos la vida en categorías y la transformamos en una pirámide con faraones, obreros y esclavos.
Mientras tanto corremos por la Tierra creyéndonos conquistadores de tantos derechos que ni los mismos esclavos y siervos de la antigüedad y Roma lo creerían posible.
Después lloramos sobre una tumba a los seres queridos entrañables que se nos adelantaron. Pero mientras vivían nunca tuvimos tiempo de brindarles un poco más de momentos compartidos o tan solo de amor.
En el entretiempo nuestros desvelos se centran en acumular riqueza, irnos de vacaciones, adquirir toda clase de bienes -tengamos o no el dinero suficiente para hacerlo-, en fin, "living la vida loca", y decimos "porque la vida es una sola", atropellando todo a nuestro paso. Y así olvidamos el tiempo debido a nuestros hijos, a nuestras familias, al disfrute cotidiano de compartir una mesa y transcurrir en paz y sin presiones los años restantes.
Corriendo detrás de lo importante nos olvidamos de lo esencial, lo que agrega valor a nuestro ser y lo eleva al infinito. Solamente volvemos a rememorarlo cuando un ser querido se nos va. Ahí permanecemos un tiempo en letargo y reflexión, insuficiente para devolverlo a la vida o recuperar el tiempo perdido pensando en tantas cosas intrascendentes.
Me despido con una expresión de deseos: irme a pasear tranquila por las calles intentando disfrutar cada segundo del trayecto, sin apuros inventados y sin urgencias imaginarias, pues por más que el recuerdo de los seres amados se inmortalice, yo deseo aprovechar la vida que les queda aquí y ahora, en tiempo real.