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Los desafíos de la Iglesia en el siglo XXI

16.03.2013 16:33

No son pocos los católicos, tal vez no practicantes, que vieron como una buena señal la renuncia de Benedicto XVI al frente de una Iglesia que -dejando de lado misticimos y fanatismos religiosos- había dejado de representar en buena parte las necesidades y aspiraciones de muchos fieles.  

Fue un deseo ferviente y popular la designación de un Papa no europeo, latinoamericano como finalmente sucedió, pero prácticamente nadie abrigaba la esperanza de que eso iba a materializarse en este último cónclave.

Los desafíos que se plantean a la Iglesia en este siglo son enormes y complejos: desde la recuperación de muchos miembros del “rebaño”, migrados a otras iglesias evángelicas expandidas geométricamente en los últimos años, excluidos y desplazados por férreas posturas eclesiales profundamente arraigadas en su seno, la recuperación de vocaciones sacerdotales, hasta el reconocimiento de diversas realidades que será imposible dejar de lado so riesgo de ver cada día más disminuida en número su grey y continuar perdiendo a pasos agigantados popularidad y protagonismo en el mundo.

Constituirá un sueño imposible –aún con este nuevo Papa- que se acepten las uniones y los matrimonios homosexuales, pues dicha institución es un sacramento inmodificable, pero cuanto menos se espera una posición sustancialmente diferente a la asumida hasta ahora por los sucesores de Pedro, no de condena sino de comprensión, no de repugnancia sino de edificación en la diversidad, aún en las distintas orientaciones sexuales elegidas por cada persona.

No podrán soslayarse temas polémicos como el aborto –legalizado en varios países que profesan el credo católico apostólico-, la eutanasia, la comunión a parejas divorciadas civilmente o la adopción por parte de homosexuales. Serán cuestiones espinosas pero en las que la Iglesia deberá asumir una postura, más allá de la ya tomada, que comience a particularizar situaciones y a diferenciar en función de realidades innegables, de peso sustancial, bajo riesgo de diluir en un montón de excusas la tan postergada renovación que necesita por su propia subsistencia.

Los enunciados son cambios profundos que se imponen ante un presente tan avasallador como déspota e impaciente.

Sin embargo pienso que estos no serán los temas más trascendentes. Ni tampoco serán aquellos que los fieles católicos, practicantes y no tanto, no podrán perdonar a una institución tan milenaria como conservadora y ortodoxa.

Aquellos son temas externos a la Iglesia, de necesaria discusión, pero muchos fieles reclaman una renovación por dentro, un acercamiento de los conductores al común de la gente, sin ir más lejos, la posibilidad de que los sacerdotes y monjas contraigan matrimonio, lo cual está vedado bajo normas y argumentos de escaso peso en estos tiempos. La institución tendrá que replantearse estas prohibiciones, a tono y en consonancia con las miles de acusaciones de pedofilia y pederastia que han golpeado fuertemente a toda la estructura eclesial, haciendo que pierda credibilidad y confianza.

Si bien ha habido estudios sobre la incidencia del celibato en desórdenes sexuales como los nombrados resultando un porcentaje mínimo, la discusión continúa, ya que en Estados Unidos se ha demostrado que uno de cada veinticinco sacerdotes ha cometido estos delitos elevando el porcentaje con lo cual la polémica no ha sido totalmente resuelta.

Lo que está fuera de toda discusión y en el discurso ha formado parte de la agenda vaticana aunque no en los hechos, es la verdadera opción por los pobres. Empezando por la misma iglesia. Ella debe realizar un claro, contundente, sincero y real llamado a trabajar por la pobreza, fundamentalmente en las regiones más desprotegidas y marginadas del planeta como Africa, Asia y América Latina. Y para ello las inversiones han de centrarse principalmente en la educación que acerca y une, no en aquella que aleja y profundiza las diferencias.  

La esperanza que se renueva con la llegada del Papa Francisco, latinoamericano, argentino, conocedor de las realidades más subyugantes de la sociedad por haberlas vivido de cerca merced a su incesante actividad pastoral es alentadora. Esperanza que se fortalece porque al fin tendremos en la cúpula más alta del poder de Dios en la tierra a un hombre realmente sencillo, austero, humilde, absolutamente ajeno al coqueteo con el poder político, que parece practicar aquello que predica y que en su primer misa ante los cardenales ha hecho un llamamiento manifestando que una iglesia que no camina y no construye sobre la piedra es como un castillo de arena que se desmorona en la playa, inconsistente.

El Papa deberá ser consciente de que es titular de la oportunidad única e irrepetible de pasar a la historia como el pontífice que revolucionó la iglesia católica cuando la misma atraviesa por una de las peores crisis de su existencia, o al menos, para no pecar de ambiciosa, que la renovó profundamente. Que así sea.