No sé realmente describir el amor que la mayoría de los padres sentimos por nuestros hijos. A veces hasta pensamos que ellos nos pertenecen como una especie de "propiedad" que traemos al mundo desprovista de autonomía y personalidad. Quizás el amor sea el que en muchas ocasiones nos conduce a equivocarnos, a inmiscuirnos en sus vidas como si fueran la propia o a intentar enderezarla por el camino que consideramos adecuado.
Lo cierto es que nuestros hijos nos superan. En amor, en expectativas, en sueños y en inteligencia. Todo lo que ellos hagan será al fin y al cabo siempre una inevitable extensión de nuestro ser en esta existencia tan fugaz. Los traemos al mundo, a veces deliberadamente y otras no tanto, y al principio nuestra capacidad de reacción se ve limitada pues aducimos que no nacimos sabiendo ser padres. Nos invaden infinidad de dudas y damos un sinfín de tropiezos por los cuales la culpa se hace presente en más de una oportunidad. Ignoramos si la formación que les brindamos les será de utilidad para cuando les toque a ellos caminar casi solos el sendero, trazando alegrías y atajando penas. Mucho más en estos tiempos en donde la maldad parece haber hecho carne en tantas personas. Existen tantos peligros y riesgos que quisiéramos poder evitarles y nosotros contentos daríamos no sé cuánto para poder estar en su lugar y neutralizar su dolor. La droga, los crímenes, el acoso, el bullying, las malas compañías, la haraganería, las constantes violaciones de sus derechos sobre todo a ser felices y crecer siendo eso solo "niños", nada más y nada menos. Porque intentamos transformarlos en adultos cuando sólo son unos pequeños traviesos, y los llenamos de actividades extras como si eso fuera a asegurarles un mañana mejor, distrayendo su atención del juego y la diversión que son las "tareas" más propias durante la infancia.
Y decía que nos superan en amor porque el que ellos generosamente dan a manos llenas es digno ejemplo a seguir, hasta que les enseñamos que deben restringir su cariño a las personas que lo merecen. ¿Por qué? una de nuestras tantas creencias erróneas y estúpidas. Los vamos "civilizando" generando contradicciones en sus inocentes corazones. Y en expectativas, pues todas las que soñamos y pensamos para ellos cotidianamente van sobrepasando cualquier atisbo de realidad, como el que la otra noche Mili -que va construyendo su lenguaje con un frondoso vocabulario- me dijo tal vez sin darse cuenta del sentido de la palabra (o sí): "- Mamá, estoy tiste" (sic). Y nos superan también en sueños porque los suyos serán distintos a los nuestros pero más perfectos, más originales, más osados, porque ellos seguramente se animarán a lo que nosotros nunca. ¿En inteligencia? Puffff, pero si ya nacen sabiendo manejar una computadora o un celular, hablan cuando tan sólo tienen unos pocos meses de vida y al año te sorprenden diciendo mamá, papá, agua, guauguau, miau, gato y cuántas palabras más.
Me apena pensar qué hijos dejaremos en este mundo porque de ello dependerá el futuro de las restantes generaciones. Me entristece porque pese a ser optimista no puedo dejar de advertir que los valores se han ido perdiendo. Que hoy vale más el "tener" que el "ser" y que una persona se mide mejor por cuánto dinero acumula en su cuenta bancaria que por cuánto amor, entrega y generosidad pueda acumular en su corazón. No lo comprendo. ¿Será que siempre fue así la cosa y como me toca hoy vivirla a mí creo que soy la primera? Que vale más la belleza exterior que la del alma. Que independientemente de estar en una era de revolución por los derechos de aquellos diferentes al común, de una sin igual declamación de facultades que otrora siquiera imaginábamos, hay cada vez más desigualdad, más pobreza, más burla por el que es distinto, petiso, bajo, feo, raro, defectuoso o cualquier otro calificativo usado para describir al que está fuera de todo prototipo de perfección y supuesta armonía. Queriendo transformar al mundo en perfecto lo tornamos cada vez más injusto y más inequitativo.
Por eso descreo de las declaraciones de taaaantos derechos cuando observo una realidad teñida de intolerancia y falta de respeto al prójimo. Creo en cambio en las individualidades, en hablar a tiempo para evitar el conflicto y el desastre, en defender al otro sin importar quién sea y oportunamente, porque dudo que alcancemos la paz en grupos o en masas. Perdón pero ya no creo en eso. Las ideologías me han desilusionado.
Deseo para nuestras hijas un provenir brillante. No importa qué elijan para ser en sus vidas porque como siempre sostuve ese es el necesario disfráz que debemos ponernos para ganarnos el pan. Sí fervientemente anhelo que sean realmente FELICES, así, con mayúsculas, siendo, viviendo y haciendo lo que aman, únicas e irrepetibles, queridas y acompañadas por su don de gente, y si a eso se agrega un buen pasar mucho mejor. Pero, como dijo Saint Exupéry en El Principito, lo esencial siempre será invisible a los ojos.