A propósito de estos tiempos electorales me detuve a observar cómo se comportan aquellos que pretenden captar la voluntad popular a través del voto.
En ese afán caí en la cuenta que en su gran mayoría carecen de cualquier característica que se parezca en algo a la de un verdadero líder.
Un líder responde a la idea de guía y, como tal, concentra en sí mismo un ideario de base irrenunciable.
Un líder se reconoce como alguien sobre el que se depositan las frustraciones y esperanzas del grupo y, como tal, se compenetra con la idea de llevar a la práctica acciones que modifiquen positivamente la realidad.
Un líder sabe distinguir cuando lo que está diciendo es producto de la formación orientada a lograr algo (utilitarismo puro), o cuando lo que está diciendo es producto de vislumbrar el mundo tal como es sin aditamentos ni adornos. Y actúa en consecuencia.
Un líder es consciente de que los demás lo siguen porque han encontrado en él posibles soluciones y respuestas inmediatas y mediatas y, como tal, intenta no defraudar esas expectativas.
Un líder antepone el bienestar del grupo por sobre sus mezquinos y egoístas intereses, por muy legítimos y válidos que sean, y por ello recibe mucho más. Es cosa propia de la naturaleza humana a la que, tristemente, nos empeñamos en contrariar todo el tiempo.
Un líder tiene buen vocabulario, buena presencia, voz altisonante y naturales palabras repletas de magnetismo pero, sobre todo, tiene algo que le permite mantener su vigencia: saber que en esas cualidades solas no se agota su condición de tal.
Un líder sabe escuchar y no confunde lo escuchado con los ecos de su propia voz y deseos personales.
Un líder es amado naturalmente por el grupo, no importa cuánto de más o de menos pueda brindar materialmente, sigue siendo amado y seguirá siéndolo mientras no pierda su esencia de verdadero líder. Lo que los demás admiran de él es esa integridad que desde el surgimiento lo distinguió como líder de otros y para otros.
Es más, me atrevo a sostener que la condición de líder es innata. Mahatma Gandhi lo fue. Y tantos más.
Sin embargo, los liderazgos actuales se construyen con otras herramientas. Precisamente uno de los problemas es que se construyen. Cualquiera puede ser líder, con un poco de práctica, de perseverancia y pizca de suerte. No son seguidos por sus virtudes personales, su forma de hablar o de sentir, ni mucho menos sus ideas políticas o filosóficas (que por lo general les son extrañas). En efecto, hoy el líder nace, crece y se mantiene merced a voluntades compradas, esperanzas traicionadas y un cuasi inexistente futuro. El común de la gente ya no espera nada de ellos salvo la entrega de “lo urgente”, llámese el pan de cada día, el sueldo, la dádiva, el dinero o la prebenda, circunstancias que en los tiempos que corren se han vuelto no justiciables. Tal es así que no nos sentimos capaces de juzgar a los receptores y tampoco a los dadores.
Y la pregunta entonces es ¿a quién responsabilizamos por esto? ¿A la masa que recibe a manos llenas -o vacías- la promesa de un presente inmejorable, que jamás llega? ¿O al líder que se recrea a sí mismo una y otra vez gracias a una realidad cruenta y excluyente, utilizándola para permanecer, sin pretender verdaderamente cambiarla? Muy probable es que la respuesta sea incierta, para mí, para ti y hasta para ellos. ¿Quién sabe?
Quizás una y otra cosa estén bien, sean correctas. ¿Es que acaso hemos perdido el Norte? ¿O será que la vida que acostumbramos llevar no puede ya ser modificada, por nadie, ni siquiera por nosotros? ¿Cabrán suposiciones tan fatalistas? Lo cierto es que hemos perdido la capacidad de dar respuestas porque desconocemos la realidad. Por lo tanto, todo es lo mismo y nada es igual a nada. En definitiva, la nada. El caos. La confusión.
En un mundo donde el relativismo materialista no distingue lo esencial de lo accesorio, hagamos nuestro máximo esfuerzo intelectual y espiritual por diferenciar a los verdaderos líderes, si es que alguno existe todavía. Pero si no logramos diferenciar ninguno, no perdamos la esperanza, porque - como dije- la condición de líder es innata y seguramente han nacido muchos que esperan el preciso momento de hacer su aparición.